lunes, 10 de agosto de 2009

Ester 4


Ester 4 -

CAPÍTULO 4
Versículos 1-4. Los judíos lamentan su peligro. 5-17. Ester se propone interceder por los judíos.

Vv. 1-4.Mardoqueo confiesa su relación con los judíos. Las calamidades públicas que oprimen a la Iglesia de Dios deben afectar nuestro corazón más que cualquier aflicción personal, y es particularmente angustiante ocasionar sufrimientos al prójimo. Dios protegerá a los que están expuestos al mal por la ternura de sus conciencias.

Vv. 5-17.Somos dados a retroceder antes servicios que llevan en sí peligros o pérdidas. Pero cuando lo demandan la causa de Cristo y de su pueblo, debemos tomar la cruz y seguirle. Cuando los cristianos se disponen a consultar primero su propia comodidad o seguridad, antes que el bien público, deben llevar la culpa.
La ley era expresa; todos la conocían. No es así en la corte del Rey de reyes: al estrado del trono de su gracia podemos acercarnos confiadamente con la seguridad de una respuesta de paz a la oración de fe. Somos bienvenidos, aun al Lugar Santísimo, por la sangre de Jesús.
La Providencia lo dispuso de tal manera para que, justo entonces, los afectos del rey se renovaran hacia Ester; la fe y el valor de ella sufrieron una prueba más dura; y la bondad de Dios, en el favor que ahora halló de parte del rey, por ello, brillaría más todavía. Indudablemente Amán hizo lo que pudo para poner al rey contra ella.
Mardoqueo sugiere que era una causa que de una u otra manera se llevaría a cabo, por lo cual ella podía aventurarse con seguridad. Este era el lenguaje de la fe firme, que no vacila ante la promesa, cuando el peligro amenaza más, antes bien contra toda esperanza cree en la esperanza. El que salve su vida con artificios pecaminosos, sin encomendarla a Dios en la senda del deber, la perderá en la senda del pecado. La Providencia Divina había considerado llevar a Ester a ser reina. En consecuencia, está ligada por gratitud a prestar este servicio a Dios y a su Iglesia, de lo contrario, no responde a la finalidad de haber sido llevada a esa elevada posición. Sabio consejo y designio hay en todas las providencias de Dios que demostrarán haber sido concebidas para el bien de la iglesia. Cada uno de nosotros debe considerar para qué propósito Dios nos ha puesto en el lugar en que estamos, y meditar en nuestra respuesta a ese objetivo, y cuidar de no dejarlo deslizar. Habiendo encomendado solemnemente nuestra alma y nuestra causa a Dios, podemos aventurarnos en su servicio. Todos los peligros son triviales comparados con el peligro de perder nuestra alma. Pero, a menudo, el pecador tembloroso teme arrojarse sin reservas a la gratuita misericordia del Señor, como Ester temía presentarse ante el rey. Aventúrese, como ella lo hizo, con ferviente oración y súplicas y le irá tan bien y mejor que a ella. La causa de Dios debe prevalecer: estamos a salvo al estar unidos a ella.

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