lunes, 3 de octubre de 2016

La desobediencia de Saúl

La desobediencia de Saúl
1 Samuel 13:1-15
En las acciones de desobediencia de Saúl estuvieron  presentes por lo menos tres grandes errores.

Primero, los reyes no podían ofrecer holocaustos en favor de la comunidad. Podían ofrecerlos por sí mismos, pero nunca por la nación. Eso sólo podían hacerlo los sacerdotes.

Segundo, era Samuel quien iba a comunicar los planes de batalla del Señor. Saúl tenía que esperar por Él. Sin embargo, por estar Saúl pendiente del reloj  de su mermado ejército, se llenó de pánico y se apresuró a hacer las cosas por su propia cuenta. Esto redujo el holocausto a una ceremonia sin sentido, que parecía más pagana que hebrea. Los generales paganos decidían dónde, cuándo y a quién atacar, movilizaban sus tropas, y después ofrecían sacrificios a sus dioses para ganarse su favor. El holocausto hebreo era diferente; debía ser uno de sumisión, no de soborno.

Tercero, y lo más importante para nuestro estudio, en medio de la crisis Saúl tomó la decisión de confiar en sí mismo. Su decisión de ofrecer holocaustos y de atacar tenía sentido (desde una perspectiva terrenal). Pero así como el deseo de Israel fue tener un rey humano, y por eso se apresuraron a aceptar a Saúl basándose en su apariencia exterior el nuevo rey se apresuró a atacar al enemigo basándose en una estrategia humana, que probablemente no era mala, pero humana, al fin.

A Saúl le faltó fe. Vio que su ejército se le evaporaba como el agua, y que el pueblo de Micmas era un hervidero de filisteos. Vio que los siete días señalados habían transcurrido, y que Samuel se tardaba, Por eso hizo a un lado toda reserva y protocolo. En efecto, se puso el atuendo sacerdotal con su corona y anillo, y trató de hacer del altar su instrumento de poder algo a lo que no tenía derecho.


La confrontación rara vez es agradable, pero con frecuencia es necesaria. A todos nos hace falta un Samuel, alguien a quien le importe más nuestro carácter que nuestra comodidad. Muchas veces, esa clase de amorosa sinceridad exige palabras duras. No es fácil oír: “Has actuado torpemente,” pero cuando eso sale de labios de un buen amigo, que teme a Dios, debemos hacerle caso.

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