miércoles, 6 de enero de 2010

Perdón que Sana

Perdón que Sana

Sean buenos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.
Efesios 4:32 (vp).
Un español y su hijo se separaron disgustados después de años de pelea. El hijo se fue, y el padre se dispuso buscarlo. Lo buscó por meses sin resultados. Finalmente, en un esfuerzo desesperado por hallarlo, puso un anuncio en un periódico de Madrid. El anuncio decía: "Querido Pac Te espero frente al edificio de este periódico a mediodía el sábado. Todo está perdonado. Te quiero. Tu padre." El sábado ochocientos Pacos se asomaron buscando el perdón y el amor de sus padres.

Las personas no son perfectas. Por eso Dios envió a su Hijo a la tierra: para perdonarnos de nuestros pecados. Pero el perdón no se detiene allí; es simplemente el principio. Mateo 6:14 dice: "Porque si ustedes perdonan a otros el mal que les han hecho, su Padre que está en el cielo los perdonará también a ustedes" (vp). Perdonar no es fácil, pero la Biblia nos pide que dejemos a un lado nuestro orgullo y que nos perdonemos unos a otros.

¿Hay alguien en su vida que necesita su perdón? ¿Hay algún familiar o amigo que necesita perdonarlo a usted? No hay mejor ocasión que ahora mismo para restaurar esas relaciones personales. Un esclavo de Cristo

Téngannos los hombres por servidores de Cristo.

1 Corintios 4:1

El apóstol Pablo era un "siervo" de Cristo. Era una función que escogió por amor, no por temor.

Había tal vez millones de esclavos en el Imperio Romano. En su mayor parte, no se les trataba como a personas, sino como objetos. Si un amo quería matar a un esclavo, podía hacerlo sin temor al castigo. Aunque era un vocablo negativo para los romanos, la palabra esclavo significaba dignidad, honor y respeto para los hebreos, y los griegos lo consideraban un término de humildad. Como siervo de Cristo, por tanto, Pablo paradójicamente se considera exaltado y envilecido. Esa es la ambivalencia que afrontará todo representante de Jesucristo.

Cuando pienso en el honor que se me ha dado de predicar el evangelio de Jesucristo, me siento a veces abrumado. No hay más alto llamamiento en la vida que proclamar el evangelio desde el púlpito y poder enseñar la Palabra de Dios bajo el poder del Espíritu Santo. Pero hay también una paradoja que exige que un ministro de Cristo comprenda que no merece servir. Debe tener la debida perspectiva de ser un esclavo indigno que tiene el privilegio incomprensible de proclamar el evangelio.

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