lunes, 11 de enero de 2010

Exodos 19

Exodos 19 -

CAPÍTULO 19
Versículos 1-8. El pueblo llega a Sinaí-El mensaje de Dios y su respuesta. 9-15. Instrucciones al pueblo y su preparación para oír la ley. 16-25. La presencia de Dios en el Sinaí.

Vv. 1-8.Moisés fue llamado para que subiera al monte y fue empleado como mensajero del pacto. El Hacedor y principal impulsor del pacto es Dios mismo. Este bendito estatuto fue concedido por la libre gracia de Dios. El pacto aquí mencionado fue el pacto nacional por el cual los israelitas llegaron a ser un pueblo gobernado por Jehová. Fue un tipo del nuevo pacto hecho con los creyentes verdaderos en Cristo Jesús pero, como otros tipos, sólo era una sombra de las cosas buenas que vendrán. Como nación quebrantaron el pacto; por tanto, el Señor declaró que Él haría un nuevo pacto con Israel escribiendo su ley, no sobre tablas de piedras, sino en sus corazones, Jeremías xxxi, 33; Hebreos viii, 7–10. El pacto aludido en estos lugares como próximo a desaparecer es el pacto nacional con Israel que ellos perdieron por su pecado. Si no atendemos cuidadosamente a esto, caeremos en errores al leer el Antiguo Testamento. No debemos suponer que la nación de los judíos bajo el pacto de obras, nada sabe del arrepentimiento ni de la fe en un Mediador, del perdón de pecados ni de la gracia; ni debemos suponer tampoco que toda la nación de Israel tuvo el carácter y poseyó los privilegios de los creyentes verdaderos, como verdaderos partícipes del pacto de gracia. Todos ellos estaban bajo una dispensación de misericordia ; tuvieron privilegios externos y ventajas para la salvación; pero, como los cristianos profesantes, la mayoría se quedó allí, sin pasar más adelante.
Israel aceptó las condiciones. Respondieron como un solo hombre: “Todo lo que Jehová ha dicho haremos”. ¡Oh, que hubiera habido en ellos un corazón así dispuesto! Moisés, como mediador, transmitió las palabras del pueblo a Dios. Así, Cristo el Mediador, como Profeta, nos revela la voluntad de Dios, sus preceptos y promesas y, luego, como Sacerdote, ofrece a Dios nuestros sacrificios espirituales, no sólo de oración y alabanza, sino de afectos devotos y resoluciones piadosas, ¡la obra de su propio Espíritu en nosotros!

Vv. 9-15.La manera solemne en que la ley fue entregada era para impresionar al pueblo con el sentido correcto de la majestad divina. También para convencerlo de su propia culpa y mostrar que ellos no podían soportar un juicio ante Dios sobre la base de su propia obediencia. El pecador descubre en la ley lo que debe ser, lo que él es y lo que le falta. Allí aprende la naturaleza, la necesidad y la gloria de la redención y de haber sido hecho santo. Habiéndosele enseñado a refugiarse en Cristo y a amarlo, la ley es la regla de su obediencia y fe.

Vv. 16-25.Nunca antes, ni desde entonces se ha predicado un sermón como aquel que fue predicado a la iglesia en el desierto. Se podría suponer que los terrores deben de haber sofrenado la presunción y curiosidad del pueblo; pero el corazón endurecido del pecador aún no vivificado puede tratar negligentemente las amenazas y los juicios más terribles. Al acercarnos a Dios nunca debemos olvidar su santidad y grandeza, ni nuestra bajeza e inmundicia. No podemos resistir un juicio ante Él conforme a su justa ley.
El transgresor convicto pregunta: ¿Qué debo hacer para ser salvo? Y escucha la voz: Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo. El Espíritu Santo, que hizo la ley para convencer de pecado, ahora toma de las cosas de Cristo y nos las muestra. En el evangelio leemos que Cristo nos ha redimido de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición. Tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. De todo aquello de que por la ley de Moisés no pudimos ser justificados, en Él somos justificados. La ley divina es obligatoria como regla de vida. El Hijo de Dios descendió del cielo y sufrió la pobreza, el oprobio, la agonía y la muerte no sólo para redimirnos de la maldición de la ley, sino para constreñirnos más estrictamente a guardar sus mandamientos.

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