«Aconteció que mientras ellos iban caminando y hablando, un
carro de fuego, con caballos de fuego, los apartó a los dos, y Elías subió al
cielo en un torbellino». (2 Reyes 2:11)
Elías contempló grandes milagros de Dios a lo largo de toda
su vida. Pero el más extraordinario sucedió al final de su paso por este mundo,
ya que el Señor lo arrebató en un carro de fuego donde ascendió a los cielos en
un imponente torbellino. La reforma religiosa estaba prácticamente concluida,
los nuevos reyes de Siria e Israel ungidos y Eliseo, su sucesor, llevaba ya en
su compañía varios años. El momento de sellar su brillante ministerio había
llegado, pero no como él había pedido en Horeb deseando la muerte, sino con
toda la gloria que está prometida a los fieles hijos de Dios. Allí, en la
soledad de la montaña, la presencia de Dios se manifestó al abatido profeta en
el silbo apacible y delicado; esta vez junto al Jordán, a la vista de su siervo
Eliseo, en llama de fuego y grande tempestad, anticipando como en una miniatura
el glorioso regreso de Jesús a este mundo.
La verosimilitud del hecho no ofrece lugar a dudas. Hubo un
testigo que lo vio, Eliseo, y que al ser separado de Elías de tan
extraordinaria manera, exclamó: «¡Padre mío, padre mío! ¡Carro de Israel y su
caballería! Y nunca más lo vio» (2 Reyes 2: 12). Cincuenta hombres fuertes de
los hijos de los profetas lo buscaron durante tres días por todas partes, pero
fue en vano. No se volvió a ver a Elías; sin embargo, apareció siglos después
en el monte de la Transfiguración junto a Moisés resucitado y a Jesús
glorificado. Elías no había muerto, más bien, había sido purificado y revestido
de inmortalidad por el fuego divino, arrebatado a los cielos para vivir
eternamente, como Pablo dice que ocurrirá en la Segunda Venida: «Luego
nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados
juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así
estaremos siempre con el Señor» (1 Tesalonicenses 4: 17).
Dios, que nunca deja las cosas sin acabar, concedió a Eliseo
una doble porción del espíritu de Elías. «Cuando en su providencia el Señor ve
conveniente retirar de su obra a aquellos a quienes dio sabiduría, sabe ayudar
y fortalecer a sus sucesores, con tal que ellos esperen auxilio de él y anden
en sus caminos.
Muy pronto tú y yo seremos trasladados como Elías al reino de
los cielos. Vive hoy con esa
esperanza en tu corazón.
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