Anunciando la vida que nos habita
“Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a
Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura
de la predicación.”, 1 Corintios 1:21
“más ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos
por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a
los cuales os queréis volver a esclavizar?”, Gálatas 4:9
Todo el mundo habla de Jesús, pero solo pueden manifestar su
vida los que lo conocen, que han sido primero amados y conocidos por Él.
(Gálatas 4:9)
El evangelio se expresa en obras y en la Palabra, que es
Cristo como la Palabra, expresándose a través de nosotros, no que seamos
nosotros comunicando un mensaje intelectual o hablando de nosotros mismos, sino
que es Cristo dándose a conocer a través de nosotros.
Por lo tanto, la iglesia no es una entidad que habla de
Cristo, es el cuerpo de Cristo, manifestando su sentir, su pensamiento y su
actuar. Los únicos que pueden expresar la vida de Cristo, somos los que
formamos parte de Él.
El propósito del evangelio se cumple, cuando Cristo es
formado en nosotros y Cristo en nosotros da testimonio de la verdad, que es él
mismo. Cristo como la cabeza y nosotros el cuerpo, damos testimonio viviente de
la plenitud de aquel que lo llena todo en todos. (Efesios 1:22-23)
Entonces la predicación del evangelio para salvación de los
oyentes que creen, no es un evento o una reunión, sino una expresión constante
donde todo el tiempo manifestamos a Cristo, sea en el trabajo o en nuestra
familia “Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es
impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Corintios
9:16). Es una necesidad que sale orgánicamente de nuestro interior, porque es
Cristo mismo queriendo que todos sean salvos y que lleguen al conocimiento de
la verdad, como dice 1 Timoteo 2:4 “el cual quiere que todos los hombres sean
salvos y vengan al conocimiento de la verdad.”, y la verdad no es una filosofía,
ni una religión, tampoco algo sino alguien. Cristo mismo.
Entonces, no anunciamos algo, sino a alguien que nos habita.
Si el que escucha cree en él, en la persona misma que mora en nosotros y del
cual damos testimonio con palabras y con hechos, entonces los demás creerán
para salvación y serán sellados con el Espíritu Santo: “En él también vosotros,
habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y
habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,”
(Efesios 1:13).
Abogados, ingenieros, médicos, deportistas, técnicos, amas de
casa o la profesión que sea, tienen un pasaporte para ir a donde conviven y
predicar el evangelio en esos lugares, manifestando a Cristo mismo en sus
vidas. El Cristo resucitado expresado en todo lo que hacemos: “Y todo lo que
hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús,
dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Colosenses 3:17) Oración.
«Padre, que en todo lugar y en todo lo que hago, sea Cristo
en mi revelándose a otros, amando, enseñando y trayendo su paz por medio de
nuestros actos, y que cuando hablemos no seamos nosotros, sino Cristo hablando
de la salvación que el Padre proveyó en él. Amén.
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