El Espíritu Santo, nuestro ayudador
“Y yo rogaré al Padre,
y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu
de verdad, “Juan 14:16-17a
“No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros.” Juan 14:18
“Más el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre
enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo
que yo os he dicho.” Juan 14:26
Como el mismo Señor lo expone: cada día tiene su propio mal o
trae su afán; es por ello que en nuestra vida de manera frecuente se nos
presentan nuevos retos o nuevas oportunidades para avanzar y crecer en
diferentes áreas: una responsabilidad diferente en el ministerio o cargo que
ejerzas, una mudanza de residencia, un bien material para administrar, un
primer hijo, un hermano para ese hijo, un intercambio académico, la transición
de colegio a universidad, o de universidad al ámbito laboral, entre otras
tantas cosas que se pueden presentar en la cotidianidad.
Sin duda, el ser humano, de la manera que lo ha creado Dios,
está en la capacidad de responder a estos nuevos comienzos; sin embargo, cuando
no contamos con la ayuda de Dios de manera oportuna y precisa, todas estas
cosas nos pueden llevar a diferentes males, como por ejemplo, trastornos
mentales y de sueño, enfermedades físicas, pérdidas, fracasos económicos,
matrimoniales, ministeriales, familiares, sociales, entre otros.
Es por ello que, el Señor conociendo de antemano nuestra
humanidad débil e imperfecta, decide de manera voluntaria y anticipada
enviarnos un AYUDADOR, el Espíritu Santo, nuestro consolador, guía, abogado y
defensor. El Espíritu Santo es una persona de la divinidad (Padre, Hijo y
Espíritu Santo, tres personas distintas, pero un solo Dios verdadero (Juan
15:26)) teniendo así todos los atributos de Dios, entre ellos, todo lo sabe,
todo lo puede y es amor; esa persona es la que cada creyente tiene hoy y todos
los días, morando en su vida, estando en él; y está ahí en cada corazón para
cumplir con toda voluntad y amor su labor, entonces, hemos de ser nosotros los
que cada día seamos conscientes de ello, y le pidamos en todo momento que nos
llene de Él; que su sabiduría, su poder, su fuerza, su gozo, su amor, su paz,
su paciencia y todas sus virtudes invadan nuestro ser y nos lleven en su
plenitud, a ser y hacer lo que se nos ha encomendado. Así que, como dice 2
Corintios 13:14, “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la
comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén. Oración.
«Bendito Dios, gracias Padre por tu Hijo y por tu Espíritu;
te alabo y te bendigo en este día, porque has sido bueno y misericordioso al
enviarme a tu Espíritu a morar en mi corazón. Anhelo que cada día me hagas más
consciente y entendido de su presencia continua en mi vida y de todo lo que Él
está dispuesto a hacer en cada ámbito al ser mi ayudador, mi consolador, mi
guía y Dios, amén.